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Para los alumnos que ingresan a la educación superior la semana pasada se concretó un nuevo proceso de matrícula en las universidades chilenas. Hasta el día viernes 8 se cursaron las matrículas de postulantes que hubiesen quedado en lista de espera en las carreras impartidas por las universidades integrantes del Consejo de Rectores. En las semanas posteriores se realizarán otras etapas del proceso, algunas de las cuales abren nuevas oportunidades para quedar en la universidad a quienes hasta la fecha no hubiesen logrado matricularse.

Se trata de un proceso que este año involucró los sueños y expectativas de las familias de 240.000 jóvenes postulantes, quienes intentan acceder a la oferta académica de 25 universidades tradicionales y 30 universidades no tradicionales (públicas y privadas, respectivamente). Jóvenes, padres y madres que ven en la educación superior un factor de movilidad social para llegar a ser alguien más en la vida. Ellos asumen que el país ha cambiado y que dentro de ese cambio hoy existe una posibilidad real de que estudiantes de sectores medios-medios bajos puedan acceder a la universidad y (lo que es más importante) cursar una carrera hasta el final sin que la cuestión de los ingresos familiares sea necesariamente un factor de exclusión.

Es cierto que en la última década se ha realizado una especie de democratización del acceso a la educación superior. La oferta académica se ha ampliado dentro de las universidades tradicionales. Estas casas de estudio han generado nuevas carreras universitarias y nuevas facultades, junto con generar nuevas instituciones educacionales como Centro de Formación Técnica, Centros de Educación Continua, etc.

Este factor se ha potenciado por la proliferación de universidades privadas, algunas de las cuales corresponden a holdings internacionales dedicados al negocio de la educación. Y qué decir de aquellas vinculadas a grupos de interés como el Opus Dei, los Masones y otros, que tempranamente entienden la importancia y conveniencia de la formación profesional y valórica de los líderes del mañana.

En este mismo período se ha diversificado y complejizado la oferta de becas y créditos. Inclusive la cobertura llega hasta las instituciones privadas, por ejemplo: a través del llamado crédito con aval del Estado, que no es otra cosa sino un crédito de inversión CORFO puesto nuevamente en manos de la banca privada.

La antigua fila del almuerzo en el casino del campus al medio día, ha sido reemplazada por cheques Sodexho u otras formas de cupones intercambiables por comida. Ahora los estudiantes que acceden a este beneficio (conquista del movimiento estudiantil) pueden administrar, elegir y gestionar su reserva de comida en el mismo casino, restaurantes particulares y supermercados suscritos a esta modalidad de pago.

En pocas palabras, el aumento de créditos y becas ha condicionado en parte la reorientación de las demandas del movimiento estudiantil. Atrás ha quedado la típica movilización por el crédito de después de la semana mechona, dando paso a un movimiento estudiantil cuya principal demanda es la calidad.

Los estudiantes tienen sobradas razones para presionar por la calidad. Conocidos son los casos de carreras que se han desmoronado frente a sus alumnos bien por irregularidades e incompetencias administrativas, bien porque fueron diseñadas para un campo del conocimiento sin mercado laboral.

El proceso de acreditación por el que deben pasar todas las universidades en Chile pareciera venir a responder la demanda social por calidad y para que no vuelvan a repetirse casos penosos como el de la Universidad de la República. La acreditación también pareciera acortar la brecha en calidad existente históricamente entre las universidades tradicionales y las privadas.

En mi opinión la acreditación tiene más bien que ver con el compromiso del Gobierno de Chile suscrito en foros económicos internacionales en relación a importar cánones y normas de calidad en la realización de todos los productos y servicios presentes en el mercado nacional, incluida la educación formal. Compromiso que se explica por la idea de desarrollo impuesta para Chile, en tanto plataforma de inversiones para América Latina.

En una economía tan abierta como la chilena la acreditación también ha sido la llave para que la cincuentena de universidades que operan en el país, puedan suscribir convenios de intercambio internacionales con sus homólogos de otros países. En la última década se ha perfilado con mayor claridad la posibilidad de que sea en el extranjero, habitualmente en Europa, en dónde los estudiantes concluyan sus estudios de pre grado o continúen los de post grado. En algunos casos el ingenio de los empresarios de la educación superior ha optado por traer a relatores internacionales más o menos prestigiados, para dar el sello de excelencia en el que lo universitario se confunde con el glamour de lo internacional.

Estos son algunos de los factores que condicionan las dinámicas de la formación profesional en Chile -seguramente se me escapan algunos no menos importantes-. Imponen nuevos problemas y nuevos desafios para la comunidad universitaria a los que me refiriré más adelante. Por lo pronto solo señalar que después de esta democratización del acceso, el paso habitual del movimiento universitario ha sido la lucha por ampliar aún más el aceso y avanzar en la democratización de la participación.

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