Salte la navegación

Magallanes anuncia una tendencia de las regiones. Las que de menos en más podrían copar la agenda política nacional con demandas y movilizaciones por acceso y control de todos los recursos que sean necesarios para un desarrollo coherente con las identidades territoriales que integran nuestro país.

La victoria de la Asamblea Ciudadana de Magallanes (en adelante la Asamblea) refuerza una tradición de lucha en la región. Históricamente los magallánicos han impuesto una tranca al avance de políticas y decisiones centralistas que afectan su calidad de vida y amenazan su permanencia en el territorio. Ocurrió así con el Motín de los Artilleros de 1877, con el Puntarenazo de 1984 y ahora mismo, con un movimiento social altamente cohesionado, con una notable disciplina interna.

De esta coyuntura emerge, se legitima y sale fortalecida la Asamblea como un nuevo actor político que sin duda mantendrá un gran protagonismo en los siguientes meses. El alza se posterga hasta la eventual promulgación de una ley, así es que no es menor la tarea que se le impone a la Asamblea, participando de la génesis del proyecto de ley y vigilando que los políticos de collera y corbata hagan su pega a tiempo en el Congreso.

Se abre así un escenario propicio para profundizar el debate en torno a las cuestiones de fondo que subyacen en esta coyuntura. El persistente centralismo que afecta al desarrollo de las regiones; el estancamiento del crecimiento económico y social de las regiones extremas; la renuncia del Estado chileno a ejercer control sobre los recursos naturales; y la necesidad insoslayable de transparentar el negocio del gas.

La coyuntura ha servido también para que el pueblo magallánico viera de qué madera están hechos los políticos que ellos mismos eligieron. Junto con la traición de Piñera al 59% obtenido en la región en las elecciones presidenciales, en esta pasada las autoridades políticas elegidas democráticamente tuvieron un desempeño patético; fueron incapaces de expresar y representar el sentir popular y ni siquiera pudieron hacerle la contención -que es para lo que en definitiva ha servido el Congreso en esta modalidad de democracia representativa-. Puede suceder que reciban la cuenta en las próximas elecciones, por lo pronto hay una fracción de pueblo que ha acumulado una experiencia invaluable respecto de lo mucho que puede llegar hacer prescindiendo de los partidos políticos tradicionales.

Por su parte Piñera está obligado a profundizar el rediseño de la nueva forma de gobernar. La que avanza en su desprestigio al esgrimir la Ley de Seguridad Interior del Estado en contra de los dirigentes del movimiento y los medios de información locales -herencia pinochetista a la que en su oportunidad también recurrió la Concertación-.

No basta con sustituir ministros con políticos de carrera. No basta con haber enviado a las negociaciones a la niña bonita del gabinete con metralleta en mano. Debe evaluar la continuidad en el cargo de la Intendenta de Magallanes y su equipo, quienes fueron incapaces de hacer una contención temprana del conflicto. Inclusive, no le queda de otra que revisar la situación en las demás regiones, pues en la actualidad se incuban en varios territorios tensiones que a su manera también tienen que ver con el control territorial y la participación política. El estancamiento del crecimiento económico en Arica y Parinacota, la escasez del agua en las regiones del norte chico, la demora en la reconstrucción, las demandas territoriales de los rapa nui y los mapuche, los relaves mineros abandonados, los proyectos de centrales termoeléctricas e hidroeléctricas, la protección de humedales existentes en las ciudades, entre otros.

Tengo la impresión de que Magallanes anuncia una tendencia de las regiones. Las que de menos en más podrían copar la agenda política nacional con demandas y movilizaciones por acceso y control de todos los recursos que sean necesarios para un desarrollo coherente con las identidades territoriales que integran nuestro país.

Nadie puede anticipar cuando y dónde surgirá el siguiente foco de conflicto, pero sí podemos anticipar que en adelante Magallanes estará en el horizonte como una inspiración, un faro que ilumina una ruta de navegación que sirve (en palabras de la Asamblea) para la formación de un Chile Nuevo, más plural, más diverso, más participativo, más humano, más democrático, más optimista y más feliz.

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